
*Escrito por Javier José Vazquez , sociólogo, especialista en Desarrollo Sostenible y coordinador del Observatorio de Desarrollo Sostenible del Lebensohn, y Hernán Rossi, Secretario General de la Convención Nacional de la UCR, Secretario de la Delegación Federal de la Casa de Santa Fe y Fundador del Lebensohn.
Lo sucedido a finales de octubre en el sur de España fue una «depresión aislada en niveles altos» (DANA). Este fenómeno, que no es nuevo, ocurre cuando una masa de aire muy frío en altura se separa de una corriente y desciende hacia una zona de aire más cálido, generando fuertes inestabilidades atmosféricas. Esto provoca lluvias intensas y tormentas, especialmente en áreas de transición entre temperaturas frías, como las del Polo Norte, y temperaturas más templadas, como las del Mediterráneo.
El fenómeno de la DANA es una parte normal del ciclo climático en esas latitudes y está relacionado con la transición de las estaciones y las diferencias de temperatura. Sin embargo, lo que vemos es que las DANAs se vuelven más intensas y frecuentes debido al calentamiento global. Con el aumento de las temperaturas, especialmente en la superficie del mar, hay más energía en la atmósfera y más vapor de agua disponible. Esa superficie está muy caliente todo el año, y se genera constantemente una enorme cantidad de vapor de agua que asciende hacia las capas altas de la atmósfera. El aumento del vapor de agua aumenta la potencia del fenómeno tormentoso. Esto agrava las tormentas y provoca que las precipitaciones sean más fuertes y, a veces, devastadoras.
El cambio en la intensidad de la DANA que impactó en el sur de España puede asociarse a otros fenómenos que comienzan a delinear un nuevo régimen climático. Un ejemplo son los incendios forestales, que año tras año aumentan y afectan distintas latitudes del planeta. En Argentina, por ejemplo, desde 2019 grandes extensiones de bosques se incendian cada año, un fenómeno que ocurre en casi todos los países, con una frecuencia mayor a la que estábamos acostumbrados.
La modificación del régimen hídrico y los patrones de ciclones y anticiclones está incrementando las precipitaciones en el desierto del Sahara, y, como muestran informes de NASA, está reverdeciendo el desierto.
Estos fenómenos son parte de una lista más extensa que, en mayor o menor medida, se están volviendo cada vez más visibles y notorios, y comienzan a plantear una nueva normalidad, un nuevo régimen climático.
Esto tiene implicaciones cruciales para las economías y sociedades de todos los países que fueron construidas y diseñadas en torno a certezas como el régimen de lluvias. Estos fueron elementos constantes en nuestra civilización: como las temporadas de lluvias, la época seca, las estaciones y el promedio de precipitaciones; esa constancia ha permitido nuestro desarrollo agrícola y el de todas las civilizaciones de los últimos 5,000 años.
Este proceso estable, que brinda certezas, ha determinado durante miles de años el tipo de agricultura, los momentos de siembra, la fluctuación de la temperatura entre estaciones, la posibilidad de trabajar al aire libre, las medidas de contención de inundaciones en las ciudades, el diseño urbanístico, entre otros aspectos.
Un nuevo régimen climático podría poner en jaque el sistema alimentario mundial y gran parte de los asentamientos urbanos. Las olas de calor extremo, cada vez más intensas y prolongadas, representan una amenaza para la salud humana, los ecosistemas y la producción agrícola, lo que pone en riesgo la seguridad alimentaria. Los cambios bruscos en los patrones de lluvias y las temperaturas afectarán cultivos clave como el trigo, el arroz y el maíz, comprometiendo el abastecimiento mundial de alimentos. Esto también abre la puerta a la propagación de enfermedades transmitidas por vectores, como el dengue, el zika y la malaria, que están llegando a regiones y latitudes donde antes no existían creando nuevos desafíos para la salud pública.
Enfrentarnos a este nuevo régimen nos obliga a cuestionar muchas de nuestras certezas, nuestros modos de operar, el business as usual, en el modelo de agricultura y ganadería; en la distribución y diseño de asentamientos urbanos; en las rutas comerciales y en la seguridad alimentaria de millones de personas que ahora se enfrenta a nuevas condiciones cuya naturaleza exacta desconocemos.
¿Cuán flexibles somos, como humanidad, para modificar estos patrones que nos han acompañado durante miles de años?
¿Cómo interactúa esta nueva realidad climática con los discursos de negacionismo y el descrédito de la ciencia?
La DANA que azotó el sur de España a finales de octubre quizá fue la peor registrada, pero no el fenómeno climático más grave de los últimos años. El huracán Katrina, en septiembre de 2005 en Nueva Orleans, EE. UU., fue la tormenta más destructiva de la historia de ese país, y ese fenómeno comienza a consolidarse ya que los estudios muestran cada vez más que el cambio climático hace que los huracanes sean capaces de transportar más humedad.
Los incendios en Australia en el verano austral de 2019 generaron 52.400 kilómetros cuadrados devastados; 27 fallecidos y miles de desplazados; más de 1.000 millones de animales afectados; 400 megatoneladas de CO2 emitidas a la atmósfera, siendo una de las mayores catástrofes para la biodiversidad de la que tenemos registro.
La DANA, el huracán Katrina, los incendios forestales globales, las inundaciones en el Sahara, la sabanización del Amazonas, entre otros fenómenos, son alertas: señales e indicadores de que el clima global está mutando y cambiando.
Con énfasis, propongo que ya no importa la discusión sobre si el origen del cambio climático es antropogénico o no; porque ya está sucediendo. El aumento de GEI en la atmósfera, y el consiguiente aumento de la temperatura, está generando repercusiones que modificarán nuestra forma de habitar el planeta. Esto será probablemente para peor si los gobiernos y corporaciones del mundo no aceleran una transición hacia la descarbonización de la economía junto con un plan de adaptación al Nuevo Régimen Climático del Siglo XXI.
Frente a este panorama internacional, o podría decirse planetario, los gobiernos de los países más desarrollados, democráticos y occidentales, recurren a la ciencia para entender el problema y buscar soluciones. Es cierto que este proceso tiene resistencias por parte de diferentes lobbies para ralentizar la transición energética, por ejemplo. Pero en mayor o menor medida hay un consenso global.
La última reunión de ONU donde se presentaron los Objetivos de Desarrollo Sostenible 2045 que fueron pensados y diseñados para hacer frente especialmente a las consecuencias de este nuevo régimen climático. Solo muy pocos países, todos con democracias dudosas, subdesarrollados y en la mayoría de casos anti-científicos, se opusieron a esta agenda. Lamentablemente el Gobierno Argentino a la cabeza de Javier Milei fue parte de ese grupo. Es decir, frente a este temas cruciales como ser el acceso al agua, alimentos, acceso a la energía, a la salud y el rol de las mujeres y la agenda de diversidad, que tienen mucho mas impacto sobre la población, economía y soberanía de Argentina, que el bloqueo comercial a Cuba, el presidente Milei decidió que integremos un bloque con Rusia, Irán, Siria, Bielorrusia, Corea del Norte, Sudán y Nicaragua, votando diferente a EEUU e Israel.
Las implicancias geopolíticas que tiene el posicionamiento iliberal sobre la agenda de género y el posicionamiento anticientífico frente a la agenda climática representan mucho más riesgos y graves consecuencias para el futuro del país que el despido de la canciller Mondino por el voto a favor de Cuba, el cambio de nombre al ex correo central en CABA o postear una selfie con Elon Musk o Trump.
El posicionamiento iliberal frente a la agenda de diversidad sexual nos acerca a las dictaduras y el negacionismo científico a las teocracias.
Continuando con el posicionamiento iliberal, que agrupa a nuestro país con aquellos que no comparten la visión democrática y republicana, el 13 de noviembre, recién comenzada la COP 29 en Baku, el gobierno nacional decidió retirar de las negociaciones climáticas a la comitiva argentina; luego de pagar los pasajes de avión, el hospedaje y de participar en las reuniones y proponer agenda. Un gesto que deja muy mal parado institucionalmente a nuestra diplomacia y, nuevamente, nos alinea con los países anti científicos e iliberales.
La salida de la COP 29 no es meramente un problema simbólico, sino que en Bakú se están negociando reglas de financiamiento verde y nuevos mercados de bonos de carbono, que son claves para la economía de los próximos años. Por ejemplo desde la Mesa Argentina de Carbono, conformada por las principales empresas argentinas han manifestado su preocupación porque salir de las negociaciones coloca al país en una posición de desventaja respecto de otros países de la región que ya están avanzando con este mercado que propone dinamismo e inversiones.
La salida de la cancillería de la COP 29 bloqueó la posibilidad de que empresas argentinas que están buscando contratos y financiamiento para proyectos de energía renovables, economía circular, restauración ecológica, entre otros perdieran acceso, voz y oportunidades de inversión. Es preocupante que un gobierno, autopercibido liberal, tenga ojeras ideológicas tan grandes que no permita al sector privado llevar adelante estas conversaciones, acuerdos e inversiones.
Un Nuevo Régimen Climático está emergiendo y el gobierno argentino está negando esa realidad. Las implicancias económicas, sociales y productivas de este fenómeno son muy difíciles de prever y analizar, pero lo único que no se puede hacer es ignorarlo. Buscar instalar el relato de que el cambio climático es un invento es un error para el país; que el presidente no escuche la ciencia y tome decisiones desde una posición ideológica dogmática es peligroso para el país; negar lo que está sucediendo con el clima del planeta, como se negó la corrupción kirchnerista, pone en jaque el futuro del país; porque no hay fallo judicial que nos permita retrotraer el tiempo y adaptarnos para enfrentar un mundo con nuevas reglas climáticas. El terraplanismo, los movimientos antivacunas, el pensamiento anticientífico en general, presenta un riesgo si determina las decisiones políticas. Si llegaste hasta acá te invitamos a reflexionar ¿podemos hacer buenas políticas públicas de espalda a la ciencia? ¿Podemos llevar un buen gobierno negando los datos científicos internacionales?
