Escrito por Javier José Vazquez , sociólogo, especialista en Desarrollo Sostenible y coordinador del Observatorio de Desarrollo Sostenible del Lebensohn.
En abril de 2024, la consultora IPSOS presentó un extenso informe sobre las opiniones respecto al cambio climático en los países del G20. Este estudio reveló datos interesantes, pero, sobre todo, un acuerdo general sobre el rol de los ciudadanos, gobiernos y empresas en la lucha contra este fenómeno.
Según el informe, «Las mayorías en 31 de 33 países están de acuerdo en que ‘si personas como yo no actúan ahora para combatir el cambio climático, estaremos fallando a las generaciones futuras.'»
Además, el estudio señala que «En promedio, en 33 países, dos de cada tres creen que la transición a energías renovables tendrá un impacto positivo en la calidad del aire (65%), la naturaleza (63%) y en la lucha contra el cambio climático (63%).»
La opinión de los argentinos sobre el Cambio Climático.
En cuanto a la Argentina, el 61% de los encuestados cree que si el gobierno no actúa rápido frente al cambio climático, estará fallando a sus ciudadanos. Además, el 68% considera que el gobierno no está haciendo lo suficiente para enfrentar esta crisis.
Por su parte, el 25 de septiembre de 2024, Zubán-Cordoba publicó otro informe que también incluye opiniones sobre el cambio climático. Frente a la frase «el cambio climático no existe», el 77% de los encuestados respondió «No estoy de acuerdo«, lo que indica que una amplia mayoría cree en la realidad del cambio climático.
Es curioso ver que, pese a que Argentina es un país donde la matriz productiva se ve impactada por los efectos del cambio climático (con el aumento de sequías, incendios e inundaciones), y a pesar de tener un diálogo fluido con países que impulsan una agenda de adaptación y mitigación (como Alemania o China), el gobierno nacional parece ignorar la ciencia global. Es un gobierno que no solo niega la existencia del cambio climático, sino que se jacta de ello en foros internacionales, acusando a quienes creen en la ciencia de ser ignorantes o estar ideologizados.
Como sucedió en la última reunión de la ONU, donde como Gobierno le dimos la espalda a la propuesta “Pacto para el Futuro” o Agenda 2045, que es un marco internacional de 56 líneas de acción impulsado por la ONU que establece metas concretas para abordar el cambio climático, promoviendo la transición hacia economías sostenibles, inclusivas y resilientes, con un mayor peso en la gobernanza multilateral. Su importancia radica en que busca reducir drásticamente las emisiones de carbono, proteger la biodiversidad y fomentar energías renovables para evitar el colapso ambiental. Argentina, como país vulnerable a los efectos del cambio climático—con sectores clave como la agricultura y ganadería en riesgo—debería acompañar este acuerdo no solo por un compromiso global, sino también por la necesidad de asegurar su desarrollo económico sostenible y proteger a futuras generaciones de desastres climáticos cada vez más severos.
Como describe muy gráficamente el consultor Durán Barba en su nota de hace unos días, por un lado “se alinearon los países democráticos que desarrollan una visión del mundo basada en la ciencia y la tecnología, y del otro los de ‘extrema cualquier cosa’: extrema ignorancia, extremo absolutismo, extrema pobreza, extrema religiosidad, extremo primitivismo, extrema misoginia”; y con esos países, Argentina votó en la ONU.
Volviendo a nuestro país, este es un gobierno que desoye una preocupación compartida por el 77% de sus ciudadanos, quienes pronto exigirán respuestas o, al menos, una estrategia frente a esta amenaza. Sin embargo, la propuesta gubernamental es la negación del problema.
Muchos sostienen que en Argentina el cambio climático es un tema secundario, que primero están la inflación, la economía, el empleo, la inseguridad y los problemas cotidianos. Afirman que es una preocupación lejana para el ciudadano común, una agenda de «hippies con prepaga».
Pero los estudios de opinión revelan otra realidad. Muestran que la agenda del cambio climático sí importa a la ciudadanía, que ve un gobierno inactivo al respecto, que no propone estrategias adecuadas, y que efectivamente reconoce el cambio climático como un problema grave, especialmente para las futuras generaciones.
La posición de un gobierno de negación del cambio climático, ya sea en Argentina o en cualquier otro país, parece diseñada para mantener prácticas e industrias contaminantes sin generar conflictos, evitando que la población se enoje con esas inversiones y justificando políticas anacrónicas.
Al igual que las imágenes que circulan en redes sociales, donde el presidente aparece retocado digitalmente para parecer un líder alto, fuerte y atractivo (en la jerga, un Chad), muchos gobiernos buscan usar herramientas como Fake News para construir un relato paralelo, más allá de que se vea irreal. Es una imagen grotesca y kitsch que busca imponer una realidad: como las imágenes de Donald Trump comprando un auto y al niño que estaba adentro o de Vladimir Putin cabalgando un oso en bosques siberianos.
Esta misma lógica, la de construir realidad con datos falsos o inventados, es la que se utiliza para construir los discursos terraplanistas, antivacunas, anti-Agenda 2030 y otras teorías de conspiración globales, donde, sobre todo, se busca deslegitimar el rol de la ciencia y las instituciones democráticas.
Mientras tanto, la realidad global avanza. Desde la política hasta la economía, y desde los ciudadanos hasta los estudios científicos, se propone un camino hacia la cooperación multilateral para enfrentar el cambio climático. Sin embargo, el gobierno argentino intenta imponer la idea de que colaborar en este esfuerzo es un error. Prefiere cerrar fronteras y rechazar estas ideas “extranjerizantes”, justificando un modelo de desarrollo obsoleto, propio del siglo XX.
Releyendo un artículo de El País de 2017, es evidente que Argentina aún no ha cerrado un ciclo. Aunque la situación en EE. UU. ha cambiado, este artículo hacía referencia a cómo Donald Trump, rodeado de empresarios, creía que al negar el cambio climático podría revivir los días de gloria del carbón, el petróleo y el gas. Pero la codicia no puede revertir el cambio climático, y los decretos de Trump no detuvieron el abandono mundial de los combustibles fósiles en favor de fuentes de energía de bajo impacto, como la solar y la eólica.
En EE. UU., el crecimiento de las energías renovables no se detuvo durante la administración de Trump, a pesar de sus políticas a favor de los combustibles fósiles. Esto fue posible gracias al apoyo de los estados, las inversiones privadas y los factores económicos.
El problema de la posición del gobierno de la libertad avanza en Argentina, que confluye con países como Rusia, Irán, Corea del Norte, Bielorrusia, Siria, Sudán y Nicaragua, es la negación de la realidad. A veces, cuando escucho al presidente Milei (o al mismo Trump) con sus discursos anti-Agenda 2030 o negando el cambio climático, me recuerdan al movimiento Luddista que buscó frenar el avance de la revolución industrial en los telares, destruyendo las máquinas que automatizaban el trabajo. Es decir, tapar el sol con la mano.
Tal vez, el error del gobierno argentino es pensar que la desesperación por la economía y la inflación impide a la sociedad preocuparse por el cambio climático. Pero la realidad es que la sociedad argentina, especialmente los jóvenes, entiende que se requiere un cambio, un Estado más eficiente que brinde mejores servicios y bienes públicos, como en un país más normal. Pero ese camino de racionalidad incluye entender que el cambio climático tiene efectos graves si no actuamos rápidamente. La sociedad entiende que el futuro será mucho más complicado si no actuamos con responsabilidad frente a la crisis climática, más allá del equilibrio fiscal, la tasa de inflación y el precio del billete crocante.
