Pensadores y ensayistas vienen advirtiendo el advenimiento de un nuevo orden global apuntalado por los efectos de la Inteligencia Artificial (IA), la Big Data, la influencia de las plataformas digitales y la algoritmización de la vida. En ese marco, aparecen neologismos como infocracia y tecnofeudalismo, un sistema económico dominado por una nueva élite mundial, los nubelistas.
Por Iván Beletzky*
La quinta Ola: Nube, infocracia y la Burocracia Artificial
El filósofo coreano Byung-Chul Han, al analizar las consecuencias del uso masivo de las redes sociales, acuñó el término infocracia o “la forma de dominio en la que la información y su procesamiento mediante algoritmos e inteligencia artificial determinan profundamente los procesos sociales, económicos y políticos… El factor decisivo para obtener el poder es el acceso a la información, que se utiliza para la vigilancia psicopolítica y el control y pronóstico del comportamiento”. Lo distintivo, en contraste con otros sistemas de vigilancia y adiestramiento, es que ahora los humanos nos creemos libres, auténticos y creativos. “La dominación aumenta su eficacia al delegar a cada uno la vigilancia, el me gusta es el amén digital, cuando hacemos clic nos sometemos a un entramado de dominación, el smartphone es un eficiente aparato de vigilancia, pero también un confesionario móvil”. En ese contexto, la democracia que implica deliberación, consenso, opinión y tiempo, queda anulada ante la velocidad y la entrega customizada de verdades para quienes, desde las redes sociales, consolidan una opresión con apariencia de diversión, entretenimiento y libertad.
Por su parte, el cubano y ex analista de la CIA, Martín Gurri – en la Rebelión del Público- presenta un estudio de cómo la generación de información, a partir de Internet 2.0 en adelante, tiene un impacto de la magnitud de la Revolución Industrial. Es la quinta ola, un proceso en transición donde, al ritmo de la participación en redes, intensa y sistemática, de miles de millones de seres humanos que configuran el público, se van resquebrajando cada uno de los pilares de autoridad que consolidaron al mundo moderno occidental (la democracia, la empresa, la Verdad, la Ciencia e inclusive la Universidad) para dar paso a algo que todavía “no está claro que será”; mezcla de pseudociencia, paranoia, conspiración, sacralidad, espiritualismo, delirio y terraplanismo.
Mientras tanto, el economista griego Yanis Varoufakis advierte la emergencia de un nuevo sistema económico global que denomina tecnofeudalismo. Es una etapa “superior y peor en la que el capital está concentrado como nunca” y es tal la concentración que el capital deja de tener sentido como herramienta de poder. El dueño de los nuevos medios de poder es el nubelista, señor feudal de la Nube, espacio virtual que va más allá del territorio, pero lo impacta. Estos nuevos amos toman otra actitud, entre villano y mártir, pero siempre superhombre, para influir decididamente en el día a día de cada individuo, con la intención de profundizar una red de control individual y con una cobertura del 100%. En ese sistema, los empresarios son vasallos, los rapitenderos proletarios de la nube y todo los que consumimos productos y servicios que se ofrecen en la red, somos siervos, no conscientes sino felices al estilo de la Lenina de Huxley. Esos nubelistas están escribiendo la historia del presente, una paradójica “historia del momento”, del futuro inmediato. Quieren erigirse como grandes referentes en todo tipo de ámbitos, ya ni siquiera eligiendo un pilar de autoridad o alguno de los factores de poder, sino absolutamente todos y, en el camino, fomentar y financiar engendros políticos que surgen de ese procesamiento inédito de información. Esos nuevos liderazgos en el ámbito estatal tienen una misión clara: relajar fronteras, alivianar el peso impositivo, desregular condiciones para la inversión directa, reducir el Estado como proveedor de servicios públicos y sociales y minimizar la importancia de la intervención estatal en la Salud, la Educación, la Ciencia y la Tecnología. Esto excluye toda posibilidad de enmarcar la fuente de ingresos de los nubelistas, que genera una superconcentración inédita en la historia de la humanidad. Hoy, Musk encabeza la lista Forbes y concentra casi 500 mil millones de dólares; en 1995, en plena irrupción de Microsoft – prehistoria del tecnofeudalismo- la lideraba Bill Gates con apenas 13 mil millones de dólares. Es más, los siete hombres más ricos del mundo son nubelistas, y reúnen la suma impensada de 1.8 billones de dólares.
Supertrolls al poder
Ese procesamiento preciso de una cantidad incontable de datos y su constante generación fomentan la posibilidad de una vigilancia individual las 24 horas, cada uno de los días de la semana. Así, la privacidad se fusiona en la nube y expone nuestros más íntimos pensamientos, saberes, gustos, vicios y deseos. En esta línea, el israelí Yuval Harari, en Nexus, dice que la IA no es solo una herramienta que va a profundizar el control humano sobre los humanos, sino que podría ser un nuevo agente que toma decisiones, porque “si el poder depende de cuántos miembros cooperan contigo, del conocimiento que tienes de las leyes y las finanzas, y de tu capacidad para inventar nuevas leyes y nuevos tipos de estrategias financieras, entonces los ordenadores se encuentran a las puertas de acumular mucho más poder que los humanos” influyendo en cada momento de las relaciones humanas, desde el momento que vamos al baño, al banco, desde que salimos a correr, al mirar una película o si elegimos compartir cualquier tipo de información en alguna plataforma o red social.
En este contexto, todavía incierto, la política coquetea con la potencia de esa innovación inédita al tiempo que sostiene la aparición de esos personajes extravagantes, supertrolls carismáticos e histriónicos que multiplican un estilo de algoritmo violento que llevó a redes como Facebook y Twitter, y a sus dueños, a la cima del mundo. Cuanto más se instala ese estilo retórico menos lugar habrá para la discusión abierta y proclive a una negociación democrática. Bajo ese estado de situación, surgieron Boris Johnson, Donald Trump, Bolsonaro y Milei, excéntricos outsiders que aparecen por fuera del sistema de partidos y es precisamente ese velo freerider lo que los instala como personalidades populares ante el desencanto del público, aquel que se rebela por la falta de actualidad de los pilares occidentales de autoridad. Paradójicamente, estos nuevos líderes todavía necesitan del andamiaje moderno (la democracia, el sistema de partidos, los medios masivos, la ciencia). En ese marco, los ya clásicos profesionales del Estado se dirimen entre subirse a la ola e ir viendo “qué hacemos y qué pasa” o crear una nueva alternativa a ese poder que avanza. Habrá que preguntarse sobre la supervivencia de los actores políticos de incidencia y qué chance tiene la democracia, qué sentido tienen los partidos políticos y hacia dónde debe apuntar el activismo del SXXI, tanto estatal como no estatal
Hacia un nuevo rol del Estado
El gran activo es que el individuo existe más allá de la Nube, sobrevive en un determinado territorio siempre organizado en el marco de algún tipo de organización política: las aldeas, las ciudades-Estados, los imperios que pretendían mucho, pero incidían poco, y los Estados Nación que, de manera inversa, pretendían menos en términos territoriales, pero incidían mucho más. Hoy ese Estado, marco político y normativo en el que surge el mundo que describimos, está en crisis o, al menos, cuestionado. Entonces, se impone un debate en torno a su rol: ¿o servir a este puñado de superhombres, nubelistas o supercapitalistas? ¿O ponerle freno? Quizás sea el momento, como desarrolla Karl Polanyi en la Gran Transformación a propósito del Estado de la Inglaterra anterior al SXVIII, de que el Estado adquiera un espíritu conservacionista, ralentizador del progreso, pero no para restaurar lo anacrónico, sino para aplicarle filtros a este avance, darle un formato de colectividad. Repensar la quimera del actor global que haga pie en actores locales de territorio y que, aprovechándose de la enorme potencia de esas nuevas herramientas, avance hacia un nuevo proceso democratizador para aunar esfuerzos, articular recursos, delinear estrategias que apuntalen la humanidad, la sensibilidad y las emociones porque los fundamentos que aúnan colectividad siempre fueron generales, abarcativos, míticos y también poco precisos. Esta precisión de la que se jacta este mundo de datos, de su gran valor, tiene muchas dificultades en imponer algo que no seamos más allá del promedio y del usuario. Ahí está su pata floja, el punto en cómo creamos nuevos mitos, que restauren algunos valores que no es posible de datificar. Puede haber varios caminos que llenen ese vacío impreciso, irracional, emocional, que por ahora no pudo desarrollar la máquina.
Martín Gurri se refiere a la construcción de una élite responsable, de alcance global pero de elaboración subnacional, que lidere una democracia propia de la quinta ola (digital), que promueva la honestidad, la humildad y la empatía de manera atractiva, cercana al gran público; parece quimérico pero Gurri dice que las condiciones tecnológicas facilitan la articulación horizontal entre espacios territoriales. Han promueve “hacerse libres” por un rato, disfrutar entre amigos, dejar de lado las pantallas y volver a regar los jardines floridos de las relaciones interpersonales eligiendo, deliberadamente, la improductividad, el ocio y la amistad como un fin en sí mismo. Para lograrlo, habrá que imaginar una organización territorial que promueva esos espacios con la jerarquía de Políticas de Estado prioritarias, formularlas desde sus múltiples beneficios: ambientales, de salud mental o desde la industria de la cultura, el espacio público y el espectáculo. Por su parte, Harari advierte que el Estado del futuro inmediato debe ser capaz de crear y/o administrar redes de información equilibradas que mantengan a raya su propio poder, no inventando una nueva tecnología milagrosa sino aprovecharse de lo existente sin caer en visiones irreconciliables que entronizan o demonizar este avance ya imparable.
Hace unos días, tuve la oportunidad de acceder a una investigación liderada por Esther Solano, Doctora en Ciencias Sociales, que renueva mis esperanzas sobre la posibilidad o no de encontrar un rumbo posible o al menos en la puesta en funcionamiento de un método que sepa configurar una organización política a la altura de las circunstancias. La investigación, basada en la pregunta de ¿por qué se vota a la extrema derecha en américa latina? Arribó a conclusiones interesantes que nos obligan, a quienes queremos incidir en nuestras realidades, a buscar nuevas maneras y formatos, sin bajar las banderas ni resignar nuestros valores. El votante, joven y no tan joven y sobre todo varón, está huérfano de una retórica innovadora, cercana a su realidad, que tenga respuestas concretas, que apele a la construcción de una simbología atractiva y que construya una nueva utopía de la mano de líderes que mezclen coraje, escucha activa y servicio. Ese votante se volcó hacia un fascismo pop más atractivo, glamoroso y sensual que, peligrosamente, memifica la crueldad. En este sentido, desde una estética aparentemente ingenua y hasta familiar promueve el odio y, en ese marco, se están formando las nuevas generaciones.
En una línea propositiva, hay al menos dos tipos de acciones en el marco de esta nueva configuración global, sin olvidar el rol estratégico que Argentina detenta en términos climáticos y de concentración de recursos naturales. Una, aprovechar la fuerza de la hiper eficiencia y del avance tecnológico e introducirla en espacios que logren aumentar la eficiencia y con ello la eficacia y la calidad de las políticas públicas. Si bien esto implica un debate, ético y representativo, es necesario darlo con la máxima celeridad y avanzar en ese cambio tecnológico en el ámbito estatal para que pueda ser un espacio de representación competitivo ante el avance de la nube, que vaya más allá de la media, porque siempre en democracia se trata de articular consensos mayoritarios sin dejar de escuchar la voz de las minorías intensas. Por otra parte, por fuera de la red, reforzar la idea de metro cuadrado, de cercanía, para que el Estado sea servidor de espacios de encuentro, que refuercen la cultura, el ocio, el entretenimiento y el contacto. Y así construir comunidad y desarrollar la gobernanza, o cómo incorporar agentes no estatales en la hechura de la gestión del Estado.
Por todo esto, se impone abandonar la arrogancia intelectual, la perplejidad ante la irrupción de los nuevos liderazgos (públicos y privados) y retomar la senda de una rebeldía atractiva para lo que es urgente aprender de los que más saben de un futuro que llegó, hace rato: los jóvenes. Y sólo entonces encontrar las maneras más atractivas y efectivas de multiplicar la importancia irremplazable de un Estado posible: en la generación de oportunidades en una comunidad, en el hecho de ser un servidor público por su potencia redistributiva y por el valor ordenador de lo burocrático en el marco de una hiper-eficiencia inédita en el procesamiento de volúmenes impensados de datos y, sin olvidar, que nuestra casa común con cada ser vivo es el planeta.
Bibliografía consultada
- Gurri, Martín (2023) La Rebelión del Público. Adriana Hidalgo Editores, Buenos Aires, Argentina
- Han, Byung Chul (2022) Infocracia. Taurus, Madrid, España
- Psicopolítica (2014). Taurus, Madrid, España
- Harari, Yuval Noah (2024) Nexus. Debate. Buenos Aires, Argentina.
- Polanyi, Karl (2017) La gran transformación. Fondo de Cultura Económica. Buenos Aires, Argentina
- Ryan, Christopher (2020) Civilizados hasta la muerte. Capitán Swing Libros, Madrid, España
- Vaorufakis, Yanis (2024) Tecnofeudalismo. Ariel Editores, Buenos Aires, Argentina.
*Iván es Lic. en Ciencia Política (USal). Maestrando en Gobierno Local en la UNQui. Vicepresidente del Lebensohn y director de Formación.
