Este 3J no se trata de pedirle a todas las personas que piensen igual. No hace falta “ser feminista” para hacerse algunas preguntas básicas: ¿Qué justicia mira para otro lado cuando la violencia ocurre? ¿Cuál es la noción de libertad de alguien que revisa un celular, controla la vestimenta, vigila amistades o amenaza? ¿Qué clase de sociedad defiende la familia pero tolera que una mujer viva aterrada dentro de su casa?
Las preguntas no son sólo por la violencia, sino por la sensibilidad social frente a esa violencia. Hace muchos años nuestra sociedad está educada en la crueldad, acá en Argentina y a nivel mundial. Creamos una sociedad que se acostumbra a la violencia, a ver niñas desaparecidas, mujeres amenazadas, madres asesinadas, cuerpos lesionados sin que eso altere en nada su vida cotidiana.
En esa cotidianidad, el dolor ajeno se vuelve parte del paisaje y la sociedad aprende a no ver, a no escuchar, a no intervenir y a no conmoverse a tiempo. Y todavía discutimos si la violencia de género existe, mientras las mujeres siguen apareciendo muertas.
La frustración, el cansancio, el agotamiento, el hartazgo y la necesidad de cultivar una mirada empática frente a la violencia de género, nos siguen llevando a la misma pregunta: ¿qué más tenemos que hacer?
Parte de la respuesta radica en transformar las prácticas cotidianas que sostienen y legitiman el poder masculino. Porque la violencia no se expresa sólo en su forma más extrema, se reproduce en mandatos, silencios, complicidades y jerarquías naturalizadas. La acumulación de cuidados, las denuncias, los soportes emocionales y la lucha política, envuelven esos sentimientos y, una vez más, nos encuentran en la calle.
Pensando desde la pedagogía de la sensibilidad de Rita Segato, no estamos hablando de “maternar” a la sociedad ni de enseñar sobre la violencia de género para su prevención y erradicación, sino de generar las condiciones necesarias para desactivar los roles, las jerarquías y las relaciones de poder patriarcal.
Los varones y quienes pregonan las banderas de la desigualdad de poder tienen que hacerse cargo. No se trata de una cacería de brujas, de un linchamiento público. Se trata de que formen parte de la transformación y de que asuman una responsabilidad – que es histórica, social y cotidiana – y con la propia incomodidad que deviene de ello, que cuestionen sus privilegios y transformen sus prácticas.
Es interpelar a quienes todavía banalizan el asesinato de Agostina, de 14 años, y de Chiara Páez, también de 14 años, quien en el 2015 nos empujó a miles de mujeres a convocarnos a ocupar la vía pública bajo una consigna que ya se nos hizo carne: Ni Una Menos.
Citando a Rita Segato: «Hasta que no se entienda qué es la violencia de género, de dónde sale, a quién le sirve, ni todas las leyes del mundo podrán corregir porque ella emerge de una mentalidad. Y es una mentalidad absolutamente equivocada. Es un orden basal, es un orden primordial, que es el primer orden del poder, de la usurpación, del control, del adueñamiento, es el primer orden de la desigualdad, de la opresión».
Once años después de aquel primer Ni Una Menos, otra adolescente asesinada nos recuerda que el problema nunca fue una consigna exagerada, sino una violencia demasiado repetida. La pregunta entonces, no es si nos gusta el feminismo o no. La pregunta es cuántas Agostinas más necesita una sociedad para dejar de mirar para otro lado. Qué hacemos como sociedad con las señales previas, con los agresores conocidos, con las denuncias no escuchadas y con la indiferencia que permite que la crueldad se repita y se tolere.
El momento ahora es para imaginar una sociedad distinta, que tenga como norte hacerse de la pedagogía de la sensibilidad. Hombres, mujeres, niños, niñas: hay que volver a educarnos para reconocer las señales antes del asesinato, para entender que el control no es amor, que los celos no son cuidado, que los cuerpos no son posesión de nadie.
Una sociedad sensible no es débil. Al contrario: frente al acostumbramiento al dolor y la desensibilización social, recuperar la empatía, el vínculo con el otro y la compasión como herramientas políticas fundamentales es el verdadero desafío.
Victoria Figueroa
Julieta Carbajal
