Por Javier J. Vázquez y Raúl Marino**
La inteligencia artificial le pondrá fin a la energía fósil
La IA promete optimizar el mundo, pero su expansión y uso cotidiano exige una cantidad de energía que los combustibles fósiles no pueden sostener.
Una máquina que no puede apagarse
El abordaje que proponemos es analizar lo que subyace detrás de cada chatbot, recomendador o modelo de lenguaje, entendiendo que hay miles de servidores funcionando sin pausa. La IA no duerme. Consume electricidad las 24 horas, los 365 días del año y cada nueva generación de modelos demanda más cómputo, más refrigeración, es decir más energía.
Según la Agencia Internacional de Energía (IEA)1, los data centers —el corazón físico de la IA— consumen hoy más de 415 teravatios-hora (TWh) anuales, es decir alrededor del 1,5 % de toda la electricidad mundial. Y la tendencia es explosiva: la demanda podría duplicarse para 2030, impulsada por el auge de los grandes modelos de lenguaje y las aplicaciones generativas.
Cada día estamos habituándonos a usar constantemente la IA en sus múltiples presentaciones y aplicaciones. En breve será una herramienta fundamental, casi indispensable. Y ahí está el segundo gran dilema, si es que nos volvemos esclavos de nuestra propia creación.
En Estados Unidos, los centros de datos ya representan cerca del 4 % del consumo eléctrico nacional y los servidores especializados en IA crecen al 30 % por año. Para sostener una inteligencia artificial que funcione 24/7, que se transforme en una herramienta completamente cotidiana y complementaria para nuestro día a día y que escale a nivel planetario, debemos asegurar una fuente de energía constante, infinita y sostenible.2
Pero, ¿de dónde saldrá la energía para sostener esta revolución digital?
Prospectiva de la IA hacia 2030 y 2040
Según varios informes y especulaciones se proponen 2 escenarios de corto y mediano plazo en el desarrollo de la IA.
Se estima que al 2030 la IA estará totalmente integrada en los servicios digitales: prácticamente toda app o servicio online tendrá un componente de IA. En la educación y el trabajo: los asistentes inteligentes serán parte de las tareas diarias (redacción, análisis, planificación, diseño, programación). En los hogares inteligentes: refrigeradores, autos, televisores, sistemas de seguridad y calefacción con algoritmos predictivos. En la salud cotidiana: diagnósticos preventivos mediante wearables, análisis de voz o mirada para detectar estrés o enfermedades, y seguimiento médico remoto con IA de apoyo clínico. En la movilidad y energía: vehículos con conducción asistida o autónoma, optimización de consumo energético y planificación de rutas urbanas mediante IA. En la comunicación social: se multiplicará la generación automatizada de contenidos (texto, imagen, vídeo, música). La desinformación y la autenticidad serán grandes temas de debate.
Para 2030, la IA será como la electricidad o Internet en 2010: indispensable, ubicua, pero aún bajo supervisión humana. Quizás en este punto podremos considerar a la IA como un commodity, aunque peligroso. Ya que quien la “administre”, tendrá la supremacía de la información de todo, o casi todo, lo que esté conectado. Podría pensarse que detrás de esta masificación universal de la tecnología, podría haber una herramienta de poder político y social.
Ya para 2040 se propone que los escenarios más verosímiles apuntan a una cohabitación cotidiana plena. Interacción natural: hablaremos con la IA igual que con otra persona, a través de dispositivos portátiles, lentes o implantes auditivos. Sistemas cognitivos colectivos: las personas y las IA colaborarán de modo continuo, combinando intuición humana y análisis masivo de datos. Economía parcialmente automatizada: sectores enteros (logística, finanzas, manufactura, servicios administrativos) operarán con mínima intervención humana. Gobernanza y ética algorítmica: habrá legislación específica sobre derechos digitales, uso de datos biométricos, y límites éticos a la autonomía de las IA. IA emocional y relacional: capaces de interpretar estados de ánimo, ofrecer acompañamiento psicológico básico o mediación social. Desigualdad tecnológica: la brecha entre quienes accedan a la IA avanzada y quienes no lo hagan será un desafío político central.
Para 2040 la IA estará tan imbricada en la vida cotidiana que hablar de “uso de IA” será redundante; todo uso será mediado por IA. Pero esta expansión de la IA es físicamente insostenible. No hay energía fósil suficiente para sostener la masificación y uso cotidiano que propone la evolución de la IA.
Según estas prospectivas, el bien de la humanidad depende de que la IA no esté atada a conflictos sobre el origen del recurso energético ni puede estar supeditada a la concentración del recurso energía.
Al igual que los centros de datos, los servidores, la nube y el blockchain, el avance de la IA en la vida cotidiana será posible si es sostenida sobre un esquema de generación de energía renovable distribuida.
La prospectiva sugiere que la Inteligencia Artificial (IA) se integrará plenamente en nuestra vida cotidiana, asistiendo en nuestras actividades diarias a todo nivel. Este nivel de integración demanda un suministro constante y masivo de energía eléctrica. Por ello, para garantizar la seguridad de la red de IA y asegurar su acceso sostenible a la energía, es imperativo transitar hacia un modelo energético distribuido y basado en energías renovables. Esto permitirá sostener un flujo creciente de energía, mitigando al mismo tiempo los riesgos de conflicto asociados a las reservas limitadas de combustibles fósiles.
El límite fósil
La IA se construyó sobre una base energética de siglos analógicos: stock de petróleo, gas y carbón. Pero esas fuentes ya no pueden sostener una industria que exige un flujo constante y creciente de electricidad.
En base a ésto, observamos que el sistema fósil tiene tres límites evidentes:
- Finitud: los recursos fósiles son un stock limitado y cada vez más costosos de extraer
- Geopolítica: su distribución es desigual y sujeta a crisis recurrentes
- Clima: el aumento de emisiones asociado al consumo fósil es incompatible con cualquier escenario de descarbonización
- La contradicción es estructural: si la IA se alimenta de combustibles fósiles, su crecimiento choca con un techo material. No hay energía fósil suficiente para sostener una inteligencia artificial global, en aumento y de uso permanente y continuo.
El salto hacia una inteligencia renovable o nuclear
Una salida viable es acelerar la transición hacia fuentes renovables y limpias, que configura una nueva geografía y universalización energética:
- Data centers ubicados junto a parques solares o eólicos, para reducir pérdidas y aprovechar el flujo directo de energía limpia.
- Acuerdos entre tecnológicas y generadoras renovables, como los que ya impulsa Microsoft en EE.UU. o Google en Escandinavia.
- Uso de la propia IA para gestionar redes eléctricas, prever picos de consumo y equilibrar la intermitencia renovable de manera regional.
- Diseñar redes regionales interconectadas que permitan intercambiar generación renovable más allá de las fronteras nacionales, es decir una nueva dimensión en la diplomacia energética.
La otra opción, es volver a considerar la densidad de la energía nuclear en un sistema distribuido y descentralizado, con garantías de seguridad y salvaguardia.
La paradoja es clara: la IA que consume cada vez más energía podría, al mismo tiempo, ser clave para hacer más eficiente el sistema energético mundial. Pero eso exige una decisión política: orientar la inversión hacia fuentes renovables o nuclear limpia y pensar en un sistema de democratización y balance energético para sostener esta herramienta que podría potenciar el conocimiento y el hacer humano.
Un nuevo pacto entre bits y átomos
El siglo XIX tuvo la máquina de vapor y el carbón; el XX, el petróleo y las usinas de electricidad. El XXI no tendrá una civilización digital sin una nueva configuración energética que homogenice la integración de la gobernanza de la IA.
La expansión de la IA nos presenta desafíos y oportunidades únicas, necesarias y urgentes. Argentina puede estar en el centro de estos debates, nuestro potencial renovable es inmenso. No podemos pensar en la integración de la Inteligencia Artificial en la vida cotidiana sin un cambio de paradigma energético a nivel mundial. Es imprescindible avanzar hacia flujos de de energía constantes e ilimitadas como las energías renovables, o quizás el potencial de la energía nuclear aún en desarrollo. Pero sin lugar a dudas, el régimen energético de stocks de combustibles fósiles, tiene los días contados.
Javier J. Vázquez*
Sociólogo, especialista en Desarrollo Sostenible
Raúl Marino**
Matemático aplicado, Doctor en Ciencias de la Ingeniería
