Por Agustin Polzella1
Tras un año de gestión libertaria, la política exterior argentina presenta claros matices de continuidad y cambio que merecen ser examinados. En nuestro primer informe, planteamos hipótesis sobre las posibles direcciones que tomaría su política exterior. Hoy, esas líneas de acción han comenzado a consolidarse, ofreciendo un terreno fértil para el análisis.
Hiper-occidentalismo y alineación ideológica
El gobierno de Milei ha cumplido con su promesa de pro-occidentalismo, desarrollando lo que Tokatlian (2024) describió como un «hiper-occidentalismo» que, en pocas palabras, es una profunda postura anti-China combinada con un alineamiento unilateral con Estados Unidos. Ejemplo de ello es el apoyo irrestricto a Israel en el conflicto con Palestina y el alineamiento con Estados Unidos, especialmente con el presidente electo Donald Trump.
Además, Milei ha forjado alianzas con líderes de la nueva derecha, como Jair Bolsonaro, Viktor Orbán y Santiago Abascal. Esta inclinación demuestra, como Milei lo ha sostenido a lo largo de su campaña, su intención de transformarse en un nuevo líder mundial en términos ideológicos.
Las pequeñas dosis de pragmatismo frente a la realidad: China y Brasil
A pesar de sus declaraciones iniciales contra negociar con «comunistas» como Xi Jinping y Lula da Silva, la realidad comercial obligó a Milei a adoptar un enfoque más pragmático. China y Brasil, principales socios comerciales de Argentina, representan desafíos insalvables para una ruptura total. Este pragmatismo con Brasil quedó evidenciado en el G20, donde Milei apoyó la declaración final del encuentro, aunque con reservas.
En relación a China, la realidad presentó desafíos más complejos. A lo largo del año, diversas señales provenientes del empresariado chino resultaron poco alentadoras, destacándose el freno en las inversiones tras la asunción del presidente. Además, las declaraciones de Milei generaron serias dudas sobre la continuidad del SWAP chino, una herramienta clave para la economía argentina escasa de dólares. Esta situación llevó al mandatario a relanzar el acercamiento con el gigante asiático, lo que se materializó a mediados de octubre con una serie de viajes diplomáticos realizados por Javier y Karina Milei a China.
Tensiones regionales y el desafío Mercosur
La región ha sido testigo de fuertes tensiones diplomáticas entre Milei y otros líderes sudamericanos. Con la excepción de Paraguay y Uruguay, el presidente ha calificado a la mayoría de los mandatarios de la región como «comunistas» o «dictadores», dificultando la integración y cooperación regional. Esto se suma a su claro rechazo hacia el Mercosur, aunque la importancia estratégica del bloque lo ha obligado a participar en eventos clave como la cumbre de Montevideo, donde se reactivaron las negociaciones del Acuerdo Mercosur-Unión Europea.
Milei respalda el acuerdo Mercosur-UE, a pesar de que el documento incluye áreas como medioambiente, ciencia y derechos humanos, que el presidente ha criticado abiertamente en el marco de su «batalla cultural contra la izquierda internacional». Estas posturas se han evidenciado en su rechazo, en Naciones Unidas, al uso del lenguaje de “ideología de género” en la Comisión sobre la Condición Política y Social de la Mujer (CSW) y en la ausencia de representación argentina en la IX Conferencia de Estados Parte del Mecanismo de Seguimiento de la Convención de Belém do Pará (MESECVI) (Gherardi, 2024).
Esta no es la primera vez que Milei se distancia de los postulados de la Nueva Derecha Internacional. Su rechazo persistente a elementos asociados con el proteccionismo y el nacionalismo contrasta notablemente con las políticas implementadas durante el último gobierno de Donald Trump y el actual de Giorgia Meloni. Aunque comparte cierta afinidad discursiva y personal con estos líderes, las políticas económicas promovidas por sus administraciones son, en esencia, diametralmente opuestas a las que lleva adelante el presidente argentino.
La diplomacia no tradicional y los costos internos
Desde la campaña electoral, el presidente ha dejado en claro su visión crítica hacia el Estado y el sector público, en marcado contraste con su perspectiva sobre el sector privado y, en particular, los empresarios. Desde la creación de su plataforma política, ha presentado a los emprendedores como los verdaderos responsables y portadores de soluciones a los problemas que enfrenta Argentina en la actualidad. Esta postura se refleja de manera evidente en su política exterior, donde figuras como Elon Musk y otros líderes del sector privado internacional han sido los principales objetivos de sus viajes diplomáticos.
Este posicionamiento ideológico también se observa en la relación entre Javier Milei y la Cancillería argentina. En esta dimensión, se puede observar una marcada confrontación con la tradición diplomática que el organismo ha construido a lo largo de las últimas cuatro décadas. Este choque se ha intensificado debido a conflictos laborales, como la controversia sobre el pago del impuesto a las ganancias por parte de los diplomáticos, y a la percepción de una intervención excesiva de la alta conducción en asuntos operativos de la micro-diplomacia como el accionar de los diplomáticos en los organismos de las Naciones Unidas o en las embajadas.
En coherencia con su estilo disruptivo, el presidente ha priorizado el uso de canales no tradicionales de diplomacia, lo que ha agudizado las tensiones internas. Una muestra de ello es la decisión de trasladar la embajada argentina a Jerusalén, medida que fue duramente criticada dentro de la Cancillería. Funcionarios del organismo calificaron esta acción como «ideologizada e imprudente», evocando las tensiones históricas que marcaron la relación de Argentina con Medio Oriente y cuestionando la prudencia estratégica de la medida.
Entre la ideología y el pragmatismo
A lo largo de su primer año, la política exterior de Javier Milei ha estado marcada por un discurso fuertemente ideologizado que ha generado fricciones internacionales y regionales. Sin embargo, la necesidad de mantener ciertas relaciones estratégicas, como con China y Brasil, ha llevado al presidente a adoptar un pragmatismo inevitable. Mientras su hiper-occidentalismo guía muchas de sus acciones, el gobierno ha mostrado una capacidad de adaptarse a la realidad internacional, preservando algunas dinámicas tradicionales de la política exterior argentina.
En el informe anterior, señalamos que mientras Milei representaba el ala más extremista e ideologizada en el proceso de toma de decisiones en política exterior, Diana Mondino encarnaba una postura más moderada dentro de la conducción. Mientras el presidente recurría a insultos hacia mandatarios a través de X, la canciller optaba por desescalar conflictos mediante visitas especiales y apoyarse en los tecnócratas del Ministerio de Relaciones Exteriores, Comercio Internacional y Culto, como reflejaba la composición de su gabinete interno.
El reciente reemplazo de Diana Mondino por Gerardo Werthein, desencadenado por el voto argentino sobre el embargo a Cuba, señala un giro significativo que evidencia una posible radicalización aún más marcada de la presidencia. Como consecuencia, es previsible un incremento en la tendencia auto-aislacionista o, en otras palabras, la “lmitación de diversificación de vínculos” (Busso, 2024) de Argentina respecto a los países fuera del bloque occidental.
- Agustín Polzella. Lic. en Ciencia Política (FSoc-UBA). Maestrando en Estudios Internacionales (UTDT) ↩︎
Este artículo es parte de una entrega más extensa sobre el año de la presidencia de Javier Milei. Accedé a los otros dos acá.
