En este artículo, el autor defiende la importancia de políticos profesionales y por vocación en la toma de decisiones políticas en Argentina, reflexionando sobre los prejuicios hacia la ‘casta política‘.
Por Fernando César Rivera*
A la ciudadanía argentina, en vísperas de revalidar su voto de confianza en el régimen democrático, se le presentan opciones partidarias entre las que deberá decidir el futuro de todos los que habitamos este suelo. El ejercicio democrático supone que los ciudadanos elegirán autoridades teniendo en consideración subjetividades y objetividades de los candidatos que orientarán la acción política.
De hecho, la idea de pluralismo induce a pensar en la diversidad de ideas y actores intervinientes. La democracia pensada en un sentido pluralista merece considerar en sentido amplio lo político, esto es, involucrar en los procesos tanto a los sectores mayoritarios como minoritarios con sus respectivos intereses. Vale decir que las mayorías cuentan, aunque no de manera absoluta. La política representa un espacio de conflicto entre individuos donde se dirimen ideas, intereses, se establecen negociaciones y se busca consensos orientados a comprender las subjetividades (sentido de la vida) y asumir decisiones en pos del bienestar general.
En esta línea de pensamiento, la UCR, históricamente, mantiene con firmes convicciones doctrinales la acción social provista de sentido, como también considera las subjetividades de los sujetos involucrados para proveer a su desarrollo. Desde esta concepción, la política adquiere magnificencia y complejidad por ser el ámbito donde los hombres son eminentemente activos y le otorgan permanencia a las cuestiones sociales.
Gran parte de la sociedad argentina percibe un sempiterno desencantamiento con el mundo político. No es la política, sino “los políticos” los que no consagran una ética responsable orientada a comprender las necesidades apremiantes de quienes ven desvanecer sus salarios, las demandas insatisfechas por el sistema de salud, la deserción escolar, los cruentos episodios de inseguridad, la escasez de trabajo e incremento de la indigencia, entre otros. Un sinnúmero de carencias que indeterminan un contexto esperanzador de la vida.
Recuperar la esperanza por parte de quienes no tienen o quienes viven bajo el deterioro incesante de sus ingresos, sectores informales y formales pero sin señales de alcanzar cierta propensión al ahorro, probablemente no profundice demasiado sobre lo que cada candidato representa y qué representa para alcanzar el ansiado bienestar. Surge la creencia en la figura de ese político ocasional en busca de adeptos o seguidores sustentando un relato eminentemente emocional. Lo nuevo se legitima mediante la creencia de que el accionar del líder estará guiado por una “nueva forma de hacer política” que cambiará el mundo y los individuos lograrán mayor previsibilidad. Una suerte de mal profeta de la política, autoproclamado, que señala e indica con vehemencia nuestro derrotero hacia la inevitable destrucción como sociedad. El “salvador de la patria” apela a la crítica furiosa y denuncia la inmoralidad de sucesivas generaciones de políticos. Se inspira en el miedo para lograr adhesiones mediante argumentos equivocados y en ciertos casos mendaces. En síntesis, un efímero advenedizo, presuntuoso e irritable, que contrasta con el buen decir aún en las agitadas luchas parlamentarias y políticas.
No es casual escuchar expresiones desafortunadas y descalificadoras como la “casta” en referencia a los dirigentes políticos provenientes de otros partidos, por la mediocridad de los dirigentes, o bien, el continuo desprecio hacia el sistema político del cual se valen para darle legitimidad al poder que desean conquistar.
Consecuentemente, la figura del líder político con sustento en el carisma es poco convincente ya que no es el miedo sino la confianza a la cualidad emotiva que debe estar presente en la relación de dominación, más aún, frente al engaño y posible fracaso de la dolarización, su autoridad puede verse disipada, o todo lo contrario, reforzar el autoritarismo plebiscitario y poner en riesgo el régimen democrático.
El político por vocación, como también el político profesional con vocación política, cuenta con vigencia en el actual contexto de emergencia (sea porque consideramos el fracaso de ciertas políticas gubernamentales, ya sea por la deficiente capacidad para gobernar), disponen de un capital fundamental a la hora de la labor política, integrado por: años de servicio en el partido, los recursos financieros y las redes políticas con las que cuentan. Es deseable que el político profesional por vocación exteriorice y ponga de manifiesto su talento, sus virtudes elocutivas a la hora de argumentar y persuadir, inteligencia, imaginación y experiencia.
Entendemos que en el actual escenario de apremiante situación económica, con largos períodos sin resolver problemas sociales estructurales, es por lo general el factor desencadenante de incesantes protestas, reclamos y últimamente hechos de vandalismo. Existe la firme tendencia a focalizar y resolver tales problemáticas y muchas otras, desde concepciones racionalistas que impulsan los principios de la elección racional en la esfera de las transacciones económicas privadas hasta la elaboración de políticas públicas.
Desde la UCR consideramos que las decisiones políticas y la generación de políticas públicas correctas son un proceso decisorio complejo, más que un acto de decisión único. Por lo tanto, como señala Giandomenico Majone, la evaluación e implementación de políticas debería poner el acento en el aspecto “posdecisional”, lo que equivale a considerar y anticipar las dificultades y complejidades que produciría lo decidido a causa de la participación de múltiples actores políticos y administrativos. Para esto, las actividades de búsqueda de consensos y la persuasión comunicativa son elementos esenciales a desplegar por el político profesional.
La trayectoria del político de profesión o por vocación que ha ocupado cargos partidarios o políticos es el elemento clave a considerar al juzgar su valía en la contienda electoral. Siguiendo a Max Weber, a través de ella podremos apreciar tres cualidades decisivamente importantes que debe reunir el político: la pasión por una causa, la responsabilidad para con esa causa estrella que orienta la acción y la mesura entendida como capacidad para dejar que la realidad actúe sobre uno sin perder el recogimiento y la tranquilidad. Consecuentemente, continúa, es fundamental la “distancia” con los hombres y las cosas. El no guardar distancia es uno de los pecados mortales de todo político. Solo el hábito de la “distancia” hace posible la enérgica doma del alma que caracteriza al político apasionado y lo distingue del simple diletante estérilmente agitado.
El descrédito y la descalificación de quienes no son políticos de profesión están presentes, y a decir verdad, no debemos censurarlos, no es común a todos y contribuyen a la formación de prejuicios sobre la política, en definitiva, atentan contra la política, muestran una realidad en la que políticamente no conocen cómo moverse y la presentan a modo de catástrofe cuya naturaleza les pertenece y se torna inevitable.
El prejuicio, o si se quiere la opinión, por lo general no es conocimiento probado e induce a conceptualizaciones equivocadas sobre lo que una “casta” realmente es. En primera instancia, una sociedad de castas tiene un rasgo característico que es la pertenencia a un grupo especializado, es decir, concebida para desempeñar una profesión determinada a la que se pertenecía no por elección individual sino por carácter hereditario y con fuerte raigambre espiritual. Escasa relación guarda el concepto de casta con la sociedad de clases a la que pertenecemos. Las clases se afianzan en el orden económico y sin distinción de pertenencia pueden participar de la esfera del poder a través de los partidos políticos. Podríamos encontrar alguna relación a fin en cuanto a las prebendas, son propias de las castas y pueden darse en el sistema de partidos, aunque en ninguno de los casos tendría la connotación negativa que se le intenta atribuir.
Nuevamente, Max Weber nos recuerda que la política puede ser honoraria y entonces estará regida por personas a las que llamaremos independientes, pero si la dirección de la política recae sobre personas carentes de patrimonio, estas deberán ser remuneradas. Así surge el político profesional que vive de la política, quien puede ser un puro prebendado o un funcionario a sueldo. Esta situación excluye a las propinas y el cohecho por considerar que son una variante irregular y formalmente ilegal de este tipo de ingresos.
Es pertinente recordar que la lucha entre partidos persigue no solo fines sociales objetivos, sino también el control por la distribución de los cargos. Como lo señala Guillermo Molinelli, deben considerarse dos aspectos: por una parte, el modo en que se lleva a cabo en orden de menor a mayor participación ciudadana o descentralización decisoria interna; y por otra parte, en orden al monopolio partidario de las candidaturas. Esto no debería confundirse con la conjugación continua del verbo “re-elegir” (hago mías la palabras del ex Intendente de la Ciudad de Mendoza Julio César Rivera: yo me re-elijo, tú te re-elijes, él se re-elije) una suerte de regla de sucesión circular, potestad exclusiva de la conducción partidaria y ámbito propicio para conformar rencillas políticas so pena de que se transforme en la conocida “ley de hierro de la oligarquía” expresada por Michels.
En 1989, el ex Presidente Raúl Alfonsín debió anticipar la entrega de su gobierno, en 2001 el ex Presidente Fernando de la Rúa debió dimitir en el marco de una crisis social y económica profunda (las voces que se escuchaban decían “que se vayan todos”), y actualmente los agravios y oprobios hacia antiguos dirigentes políticos considerados “la casta política” provienen de audaces detractores ocasionales, que desde el prejuicio, pretenden remediar la complejidad política y social dejando de lado la comprensión e interpretación causal correcta de las problemáticas.
*Fernando es Magíster en Relaciones Internacionales (USAL) y Licenciado en Ciencia Política (UBA).
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